miércoles 13 /06/2007
" Los labios de la inmundicia
Sentía las cosas como si nada le importase, algo que sin duda era ya una antigua costumbre en su vida. Me recordó a aquellas mujeres sucias que se bañaban en agua limpia para eliminar su porquería. Pero la suciedad del alma no se borra. Era como si su pasado tuviera tanto peso de dolor que ahora nada le importaba. Quizá me atrajo encontrar el por qué de ese peso. Puede que fuera este motivo el que me acercó hasta ser inoculado por su veneno. Pero ese veneno no pudo conmigo. No suelo enfermar con veneno caducado. Además no suelo caminar sobre el desecho cuando la evidencia te lo muestra claro.
Había convertido su vida en un escaparate bien decorado. Con grandes cristaleras iluminadas que pretendían la atención. Pero los vidrios eran opacos, demasiado oscuros, como su pasado sombrío, como su mirada ilusoria, como su egoísta mentira impregnada en lo más profundo de su ánimo, allí donde se guardan los secretos más inconfesables. Cuando has lamido el sufrimiento de la inmundicia, los labios de un leproso son un glorioso refugio. Cuando has besado los labios de un enfermo un lametazo de desprecio no revierte daño.
Puede que el peso del pasado aislara su mente. La inmunizó contra el dolor. Se contagió con su propio veneno.
Después admiré en su gesto una fingida pasión que ya no arrastraba; una farsa inllevable. Caminar entonces por ese reducto de residuos desechados era imposible. La falsedad te convierte en algo como eso. La mentira te moldea y se aferra tan fuerte que no te permite discernir. Su embargo estaba decidido.
Y yo observé con detenimiento en una ansiada búsqueda en qué inmundicia había convertido tanta farsa a aquel resultón escaparate.
No me convenció.
J.Rubio
"