Las princesas siempre visten de rojo y observan sin fijar en exceso la vista.
Algunas montan a caballo y otras acuden algunas veces – la menos – a los toros.
Muchas usan ropa interior excesivamente sexy y otras – las menos – no usan.
Las princesas no gustan de pasear solas, adoran la compañía y nunca han sido agredidas por un indeseable y asqueroso ser humano capaz de cometer tal pecado sobre la insultante belleza de una mujer.
No sudan, si acaso se empapan de esa embriagante fragancia que agrada y anula la voluntad.
Si acercan su mano hasta su cara describen un recorrido que manifiesta sin palabras qué sienten, y todo sin fijar en exceso su mirada que en ocasiones parece perdida.
Las princesas casi nunca duermen, y nunca lo harían antes que tú, acompañan tu velada y nunca se pierden. No importa si la ciudad es infinita, o si recorren una selva, ni se pierden ni pierden. En su diccionario no existe la palabra derrota, aunque sí figuran palabras como tristeza o desolación. Lo mejor de conocer a una princesa es aprender de su forma de ver las cosas.
Acabarían con las guerras si los demás aprendieran a amar.
Acabarían con el hambre si los demás fueran más generosos.
Acabarían con la injusticia si los demás supieran a dar a cada uno lo que le corresponde y pertenece.
Todo ello si los demás… porque ellas ya saben amar, son generosas y consideran que dan a los demás lo que les corresponde.
Cuando veo a una princesa imagino que será parecida a otras que ya conocí, con esa danza en sus palabras y en sus movimientos, pero a veces esa idea termina muy pronto cuando preguntan ¿Qué es la poesía? No son princesas las que no leen entre líneas el sentido del amanecer, y no reconocen las sensaciones y estímulos que regalan los sentidos.
¿No sabes si lloran las princesas? Sí, pero sus lágrimas las hacen aún más bellas, y sus sollozos se clavan mientras necesitas salir en su ayuda.
Al concluir el generoso verano busco a la princesa tendida, esa que dejó olvidado su zapato no por despiste, sino porque era consciente de que no le pertenecía. Su magia es la misma aún con zapatillas, aún lejos de palacios.