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F.J.Rubio
El cercado de la delectación

En esos días hubieras sido incapaz de perderte.

 

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Sàbado 01 /09 /2007

El cercado de la delectación

Recuerdo cuando llegábamos a nuestro paraíso de pinos amarillentos dibujando el verde del bosque, y los rayos querían traspasar sus caducas hojas para mojar nuestras caras con la felicidad. ¿Qué podías hacer tú mejor que sonreír? ¿Qué podía hacer yo mejor que despreocuparme del miedo y disfrutar de la bienvenida al paraíso?

Nunca seremos tan jóvenes como ayer. Yo fumaba el aire fresco que emanaba nuestra adolescencia, sentía que las arrugas eran sólo una enfermedad de la gente pobre y de los bosquimanos que viven al otro lado de la cordillera. Nuestro hogar estaba entonces en el inmenso silencio del paraíso.

No usábamos nuestro nombre para llamarnos porque no teníamos, tampoco nos llamábamos. Pronunciamos ese sonido que entendimos parecido al placer y que permite sobreponerse a cualquier adversidad o tristeza.

¡Di que vienes…dime que vienes esta tarde al cercado de la delectación! – Insistías. Nunca haría planes con más de cinco minutos de antelación. Pero acudir al cercado de la delectación no era un plan, era una forma de vida.

No pudimos detener el tiempo, ni pudimos interrumpir el armonioso discurrir del río que ambientaba nuestras bellas escenas con las melodías adecuadas. Nos complacimos escudriñando nuestras manos y disfrutamos de nuestras palabras, saturadas de deseo, como las miradas, como el corazón.

He acudido después al cercado de la delectación . Esta vez era un plan, construido en menos de cinco minutos, pero las promesas en el cercado no eran las tuyas, eran ofertas para recolectar las manzanas de Australia, quizá en otro tiempo, cuando la lluvia despida el verano, o cuando sentir ya no seas tú.

¿Qué podía hacer yo mejor aquellos días que tumbarme sobre la verde hierba del paraíso a sentir cómo la adolescencia perenne se ilumina con los anaranjados rayos de sol que se cuelan por entre las caducas hojas de los pinos?

Aquellos días te hubiera encontrado entre el más inhóspito arbolado del mundo. En esos días hubieras sido incapaz de perderte. El norte de tu brújula, en aquellos despertares que sucedieron a nuestra niñez, llevaba mi rostro en tus emociones.

Pensé que acercarme al calor que desprendían nuestros días no podría dañarme, pensé que nunca me oprimirías, pero tampoco reparé en que el cercado de la delectación podría quemarse, como un pequeño relámpago puede quemar el mundo entero.


J.Rubio

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