Hay sensaciones de esas que se arrastran por el alma y la convierten en un lugar de castigo eterno. Es mejor entonces mirar el rojo oscuro de un vino reservado para lo especial, y saborear el inmenso placer de sentirse vivo en este insondable mar, que tantas respuestas se ha tragado con el paso del tiempo. Algún día pasado también entre sus aguas desapareció la panacea universal, la piedra filosofal y las mejores recetas de la alquimia.
El sol atraviesa sin demasiada prisa con sus rayos la copa de cristal hasta el negro suelo de pizarra, ha perdido fuerza tras el verano, pero observo cuanta sabiduría encierra en sus métricas visitas diarias. Se presenta con verdadera conducta prudente, desde lo más alto, como la posición más ansiada para el conocimiento, qué apetecida es su visita. Quizá su valor no esté en los días en que aparece, sino en los días en los que no llega y las pupilas claman por dar paso a su luz. En esos días hay poco que ver y tanto por ver...
El astro central de nuestro sistema regala su brillo una vez más, atraviesa la ventana, atraviesa la copa y las pupilas, entonces yo comienzo a mirar y comienzo a ver. Y veo que el vicio es la peor de las prohibiciones, veo que el castigo es el peor de los remedios, veo que no existe sabiduría en los ojos de quien no saber besar, ni amar, veo que no hay estrellas fuera de un corazón frágil, veo que la trilogía no es sin la dualidad, veo que el fuego no siempre quema, veo que no existen recetas idóneas, veo que la fórmula perfecta no tiene un resultado probado, veo que vestimos nuestro cuerpo que debería estar desnudo.
El ciego que buscaba con su bastón el amanecer de esta fresca mañana no vio sus rayos de luz entre los pinos de la sierra inmensa. Su ceguera le impidió verlo, pero muchos otros sí pudieron mirar el nacimiento del sol, aunque tampoco lo reconocieron, y puede que por ese instante ni siquiera sintieran estima o afecto. ¿Por qué? Estaban demasiado preocupados por quemar un mal recuerdo, como los pirómanos locos que desafían el peor de sus instintos acabando con su entorno de olor a gasolina.
Estaban demasiado preocupados por evitar que lleguen las primeras tormentas del otoño. Otros estaban contaminando el mar, otros escupiendo tras una bocanada entre fumatas. Otros obnubilados por tanta soledad impuesta sin razón, otros trataron de acudir para apagar las llamas pero murieron abrasados en el camino, y allí ya nunca más volverá a crecer la hierba, nunca rebrotará una estrella, no habrá madera para construir una escalera y las distancias serán todavía más infinitas.
He dejado de leer en los libros para leer del mundo, para leer de los árboles y del sol, para leer en la decadente naturaleza aún viva. Esta mañana leí que el ciego encontró los rayos de sol que más tarde llegaron hasta mi ventana, leí que los intelectuales tienen demasiada cabida todavía para la ignorancia, leí que las guerras fueron y serán tan estúpidas como puedan llegar a ser los hombres, y leí que sólo los verdaderos valores dan sentido y solución a estas nubes que se oponen al nacimiento de un bello amanecer, donde algunas sensaciones no tan bellas se clavan fuerte.