Ella decidió recorrer los caminos del poeta y cada uno de sus senderos.
La joven dijo al marinero: ¡Tengo un sueño!
El anciano sabía a qué se refería ella. ¿Demasiado tarde para amar?
- No me gustaría confundirte con mis palabras, señaló el capitán, en este barco viajamos pocos tripulantes, y muchos de nosotros somos ya demasiado viejos. Apenas podemos sentir satisfacción.
La poesía de aquel marinero escritor de barba blanca y perpetua describía muy bien los mares del norte, donde el amor tarda más en llegar, y donde los viejos fallecen no por la edad, sino por el cansancio, que es otra forma de morir.
- Mira, ¿Ves aquella isla? Señaló el marinero a la joven, - allí descansa Leonor, ella sí que fue un gran amor para el poeta, ¿Ves cómo brilla su sepulcro con el sol de otoño? Sólo el sol de otoño es capaz de iluminar los amores verdaderos.
- Pero, yo quiero amarte para siempre, insistió ella.
- De momento sólo puedo ofrecerte un asiento en este viejo barco, navegar, y olvidarnos de los puertos que dejamos atrás.
En ocasiones el frío del norte te paraliza y una mano caliente como la de la joven, sobre un rostro longevo, trae los mejores recuerdos, y regala un bienestar que sirve para sentirte vivo.
El barco llegó a un nuevo puerto, ella descendió por la escalinata segura de que el viejo la seguiría hasta la ciudad para comprar vestidos de seda y algún sombrero. Y el viejo la siguió, como las aves más jóvenes siguen al resto de la especie en los viajes durante la emigración, o como la luna sigue al sol desde el principio de los tiempos.